La Guerra del Fútbol: 50 años después

Tripulación de un Corsair FG-1D salvadoreño, entre ellos el Capitán Reynaldo Cortez, muerto en combate aéreo con el capitán hondureño Fernando Soto, el 17 de julio de 1969 (FAS).

Tripulación de un Corsair FG-1D salvadoreño, entre ellos el Capitán Reynaldo Cortez (centro), muerto en combate aéreo con el Capitán hondureño Fernando Soto, el 17 de julio de 1969 (FAS).

En 1969, cuando el mundo de la aviación mostraba que un pasajero podría volar más rápido que el sonido a bordo del novísimo Concorde, la tripulación del Apolo XI se acercaba a la órbita de la luna para poner un pie en su superficie y dar el gran paso para la humanidad, y que al otro lado del Atlántico el gigante norteamericano Boeing acababa de hacer volar al avión de pasajeros más grande del mundo, el tetrarreactor 747; cuando en Vietnam la USAF y la aviación norvietnamita se enfrentan en la noche con reactores supersónicos como Phantoms y MiGs, hubo un extraño conflicto armado en Centroamérica entre El Salvador y Honduras provocado por la creciente tensión fronteriza y poblacional entre ambos y cuyo detonante fue una eliminatoria entre sus dos selecciones de fútbol para la Copa del Mundo de 1970. Un conflicto armado que en el aire enfrentó por última vez en la historia  a aviones de combate con motores de pistón: Fue la llamada Guerra de las Cien Horas, Guerra del 69, Guerra de Legítima Defensa, o, como se conoce internacionalmente, aunque sin razón verdadera (porque siendo el detonante, no fue el causante real, como veremos) como Guerra del Fútbol. Y esta es la historia.

Las relaciones entre El Salvador y Honduras nunca habían sido cordiales, en relación a sus mutuas reivindicaciones territoriales a nivel fronterizo, pero fue a partir de la década de los sesenta cuando las posturas se fueron encarnizando, en un entorno político poco propicio para el diálogo. No en vano, Honduras estaba gobernado por Oswaldo López Arellano, presidente constitucional tras un golpe militar ejecutado en 1963, mientras que El Salvador estaba, igualmente, en manos de regímenes dictatoriales desde los años treinta. En aquellos momentos, el General Fidel Sánchez Hernández controlaba el gobierno de aquel pequeño país, que, como su rival, estaba bajo la tutela en la sombra de los Estados Unidos.

Selecciones de El Salvador y Honduras, en uno de los partidos que las enfrentaron en junio de 1969 (https://www.elsalvadormipais.com).

Selecciones de El Salvador y Honduras, en uno de los partidos que las enfrentaron en junio de 1969 (https://www.elsalvadormipais.com).

El Salvador, país más pequeño de América Central, tenía un importante handicap de densidad de población. Con un ratio de 160 habitantes por kilómetro cuadrado en los años sesenta, había una enorme cantidad de campesinos pobres sin tierra, ya que la mayor parte estaba controlada por las oligarquías terratenientes. No es extraño que desde muchos años atrás, gran cantidad de esta población emigrara a su vecino Honduras, un país seis veces más grande que El Salvador y con muchas tierras sin dueño. Además, el hecho de que las fronteras estuvieran demarcadas por vastas extensiones de selva virgen facilitó este continuo trasvase poblacional que, de forma ilegal, pero tolerada por ambos gobiernos, entre los que se firmó un tratado bilateral de inmigración, se produjo durante mucho tiempo. Se calculó que unos trescientos mil campesinos salvadoreños se establecieron en Honduras en el momento en que el propio campesinado hondureño reclamaba también tierras al gobierno. Éste, incapaz de fraccionar los grandes latifundios controlados por grandes trusts hortofrutícolas norteamericanos, principalmente la famosa United Fruit Company, decidió que tendrían que ser los salvadoreños inmigrantes los que desalojaran aquellas tierras y regresaran a su país. Pero El Salvador rechazó aceptarlos por miedo a revueltas y la tensión entre los dos países se fue acentuando. Los gobiernos respectivos se acusaban de los abusos que se iban produciendo y sus medios de comunicación no dejaban de calentar el ambiente con todo tipo de soflamas.Tan solo haría falta una chispa para provocar un devastador incendio. Y la chispa iba a provenir del fútbol, la excusa perfecta para pasar de las palabras a los hechos.

Dos Mustangs, un C-47 y un B-26 salvadoreños estacionados en Ilopango (FAS).

Dos Mustangs, un C-47 y un B-26 salvadoreños estacionados en Ilopango (FAS).

En aquellos momentos las selecciones de ambos países se jugaban su clasificación a la fase final del Mundial de México, que se iba a disputar en el verano de 1970. Encuadrados ambos en la CONCACAF, la selección de Honduras venció en Tegucigalpa, el 8 de junio de 1969, a El Salvador por 1 a 0 en el partido de ida. En un ambiente de fervor patriótico desmesurado, una joven salvadoreña se suicidó cuando su selección cayó derrotada, algo que enardeció a la población civil e incitó a la venganza. El partido de vuelta, jugado en San Salvador el 15 de junio ante treinta y seis mil enfervorecidos hinchas, acabó en victoria salvadoreña por 3 a 0, en un clima de violencia sin precedentes, que terminó con varios muertos y heridos, así como un gran número de actos vandálicos y represalias por uno y otro lado.

Finalmente el partido de desempate (era una época en el que aun no se consideraba el valor de los goles marcados y encajados) se jugó en el Estado Azteca de Ciudad de México el 27 de junio, ante unas fortísimas medidas de seguridad, y en el que El Salvador derrotó a Honduras por 3 a 2, tras una prórroga. En el terreno de juego la selección salvadoreña estaba a punto de debutar en un Mundial (lo conseguiría tras derrotar en la eliminatoria definitiva a Haití), pero las cosas no se iban a quedar así en otros terrenos. Esa misma noche, el gobierno de Honduras rompía relaciones diplomáticas con El Salvador.

Incendios en la refinería del puerto salvadoreño de Acajutla, provocados por la aviación hondureña.

Incendios en la refinería del puerto salvadoreño de Acajutla, provocados por la aviación hondureña.

El 14 de julio de 1969, laFuerzas Aéreas Salvadoreñas (FAS) atacaban por sorpresa objetivos delimitados en territorio de Honduras. Los aviones del FAS eran básicamente cazas norteamericanos adquiridos como excedentes de la Segunda Guerra Mundial, obsoletos ya, y además en condiciones de mantenimiento bastante precarias. En estado de vuelo se contaba con cinco Goodyear FG-1D Corsair, cinco Cavalier T/F-51D Mustang, siete Douglas C-47 de transporte y bombardeo improvisado, así como otros aviones de transporte, ataque y enlace (incluyendo un potente bimotor B-26B Invader). El gobierno salvadoreño sabía de la inferioridad numérica de su aviación respecto a la hondureña (a pesar de que sus fuerzas de tierra eran más numerosas), así que el plan inicial era la neutralización de los aviones enemigos en sus bases. Honduras contaba con similar equipo, y aunque eran más potentes los ejemplares utilizados, también se trataba de vetustos Chance Vought F4U-4 y F4U-5N Corsair (cinco y seis ejemplares respectivamente), procedentes del cuerpo de Marines estadounidense y que en 1945 habían barrido del cielo todo lo que volara para los japoneses, pero que, de eso, ya hacía más de veinticinco años. Éstos, y algunos transportes C-47 y C-54, más dos helicópteros Sikorski H-19 es lo que alineaban las Fuerzas Aéreas Hondureñas (FAH) en aquellos sangrientos cuatro días de julio. Sin sistemas de radar en servicio en ninguno de los dos bandos, las tareas de intercepción, control de vuelo y alerta temprana quedaban muy limitadas. Una aviación que en el resto del mundo pertenecía a los libros de historia.

Personal de tierra instala bajo el Corsair FAS 213 un tanque de combustible suplementario (FAS).

Personal de tierra instala bajo el Corsair FAS 213 un tanque de combustible suplementario (FAS).

Aquel mismo día, toda la aviación salvadoreña disponible atacó la Base Aérea de Tocontín y el Aeropuerto de La Mesa, así como otras pequeñas poblaciones, aunque los daños causados no fueron muy cuantiosos (los C-47 lanzaban las bombas de forma manual, con lanzadores de rodillos improvisados) y sin bajas en ambos bandos. La madrugada siguiente, aviones hondureños ejecutaron un ataque de represalia, sobre los aeródromos de Ilopango, y las instalaciones portuarias en Cutuco y Acajutla, en el Pacífico, mientras que los aviones salvadoreños volvían a atacar objetivos en Tegucigalpa. Objetivos siempre pequeños, como los resultados obtenidos, por el volumen numérico de los ataques y las capacidades para llevarlas a cabo, con aeronaves que en otros países se plantearían un más que merecido retiro en un museo. Son muchos los ejemplos que nos ilustran acerca de la situación de improvisación y falta de recursos disponibles. Aviones salvadoreños y hondureños sin sistemas de puntería, sin sistemas de radio VHF ni radares a bordo o con armas improvisadas a bordo en más de una situación. Ni que decir tiene que las operaciones nocturnas eran implanteables en estas circunstancias.

El Capitán Fernando Soto ante su Corsair F4U-5N, matrícula FAH 609, luciendo orgulloso la marca de tres aviones derribados durante los combates. Fueron los último derribos entre cazas de pistón de la Historia de la Aviación. El avión se conserva en el Museo del Aire de Honduras.

El Capitán Fernando Soto ante su Corsair F4U-5N, matrícula FAH 609, luciendo orgulloso la marca de tres aviones derribados durante los combates. Fueron los últimos derribos entre cazas de pistón de la Historia de la Aviación. El avión se conserva en el Museo del Aire de Honduras (Foto: Fuerza Aérea Hondureña).

A partir del tercer día, ambas fuerzas aéreas dedicaron sus esfuerzos a prestar apoyo aéreo cercano a las tropas de tierra. En aquellos momentos, el frente se había estabilizado. El 17 de julio se produjo un enfrentamiento aéreo entre varios aviones de combate. Leerlo nos haría pensar que nos encontramos ante un relato de la guerra del Pacífico, pero no ante un conflicto acaecido en 1969. El Capitán hondureño Fernando Soto Henríquez, a los mandos del Corsair F4U-5N (FAH 609) interceptó a dos Corsair FG-1D de las Fuerzas Aéreas Salvadoreñas pilotados por los Capitanes Guillermo Reynaldo Cortez y Salvador Cezeña Amaya a los que seguidamente derribó, tras un corto pero reñido combate, falleciendo el primero de ellos al estallar su caza en pedazos antes de que pudiera saltar. El mayor potencial del avión de Soto, su armamento más pesado, y sobre todo, las cualidades en el pilotaje, decidieron la suerte suprema, como había así sucedido desde que el aeroplano se convirtió en una máquina de matar. Aquella misma mañana el propio Soto había derribado a su primer avión, el Mustang con matrícula FAS 404, pilotado por el Capitán Douglas Varela. Fueron los últimos derribos entre aviones de pistón. El final de toda una época de la Historia de la Aviación.

Cavalier T/F-51D Mustang FAS 407 (FAS).

Cavalier T/F-51D Mustang FAS 407. Estos aparatos llevaban tanques de combustible suplementarios en las puntas de ala, pero les fueron retirados para ganar velocidad (FAS).

Al día siguiente, 18 de julio, la OEA logró que se firmase un armisticio entre los dos países, remitiendo progresivamente los combates en los siguientes dos días. Ambos países no recuperarían sus relaciones diplomáticas hasta 1980, con la firma de un tratado de paz. Aquella extraña guerra que duró cuatro días provocaría entre dos y seis mil muertos, muchos de los cuales fueron civiles, y un número de heridos cercano a los quince mil. Un tercio de los campesinos salvadoreños establecidos en Honduras hubo de regresar a su país. Sin tierra y sin futuro, la situación social se hizo casi insostenible y terminó desembocando en una terrible guerra civil que asoló el país entre 1979 y 1992.

Lo curioso y lo más trágico de todo es que, como bien pudo ser el que bautizara el conflicto, el periodista y corresponsal polaco Ryszard Kapuściński, que cubrió aquel conflicto y cuyas vivencias recogió en un delicioso aunque crudo libro (La Guerra del Fútbol y otros Reportajes), los gobiernos salvadoreño y hondureño  se encontraban satisfechos a la finalización del conflicto, porque durante varios días sus respectivos países se encontraban en la primera plana de la prensa mundial, ya que, tristemente, los países del Tercer Mundo solo son recordados, leve y fugazmente, cuando se derrama la sangre, tanto en 1969 como ahora, justo cincuenta años después.

Especificaciones Goodyear FG-1D Corsair:

  • Origen: Goodyear Aircraft Corporation bajo licencia de Chance Vought Aircraft Company.
  • Planta motriz: Un motor radial de 18 cilindros en doble estrella Pratt & Whitney R-2800-8W Double Wasp, refrigerado por aire, de 2.250 hp de potencia máxima al despegue.
  • Dimensiones: Envergadura: 12,48 m. Longitud: 10 m. Altura: 4,8 m.
  • Pesos: Vacío: 4.025 kg. Máximo al despegue: 6.350 kg
  • Prestaciones: Velocidad máxima: 635 km/h. Velocidad de crucero: 402 km/h. Régimen de ascenso inicial: 880 m/min. Techo de servicio: 11.280 m. Alcance máximo: 1.600 km.
  • Armamento: seis ametralladoras Browning MG 53-2 de 12.7 mm en las alas. Soportes subalares para dos bombas de 907 kg u ocho cohetes HVAR de 127 mm.
  • Tripulación: 1

Bibliografía consultada:

Angelucci, E.; Matricardi, P. (1979). Aviones de Todo el Mundo. Tomo IV: La segunda Guerra Mundial (II parte). Madrid: Espasa-Calpe.

Gunston, B. (1986). Guía Ilustrada de Cazas y Aviones de Ataque Aliados de la Segunda Guerra Mundial (II). Barcelona: Ediciones Orbis.

Kapuściński, R. (1992). La Guerra del Fútbol y otros reportajes. Barcelona: Anagrama

Madrid Velez, M. (2018). Aviones de Combate en la Guerra de las 100 Horas. En: https://fuerzasarmadashispanoamericaoficial.blogspot.com/2018/01/aviacion-de-combate-en-la-guerra-de-las.html

Rivas, S.; Cicalesi, J.C.. (2003): La “Guerra del Fútbol”. En: Cuadernos de aviación histórica, nº4. 2003.

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